El otro día mientras merendaba estuve reflexionando acerca de la usabilidad del packaging de frutas – y cuando digo packaging me refiero a lo comúnmente conocido como piel.
Por un lado tenemos frutas realmente poco prácticas (peor que la interfaz de ciertos programas cuyos botones, como dice sólo otro blog infame, los ha distribuido por la pantalla un enfermo de Parkinson). El máximo exponente de la categoría sería el coco, que se tiene que abrir con un martillo, derramando gran parte de su contenido líquido, y pudiendo comer, que, ¿un 10% de su volumen? En segunda posición estaría una fruta rara con pinchos a lo cactus, que no tengo ni idea de como se llama ni qué sabor tiene, pero recuerdo cogerla por curiosidad en el supermercado cuando era pequeña *OUCH*. Otros ejemplos menos traumáticos pueden ser la piña, el kiwi, y cualquier fruta con la piel suficientemente áspera y/o dura para comérsela.
Por otro lado tenemos frutas con un packaging mediocre, que si bien no son especialmente difíciles de pelar e incluso se pueden consumir con piel, tampoco te facilitan las cosas. Frutas del montón: la manzana, la pera, etc.
Y los que se llevan el premio Laus de la fruta, las frutas cuyo diseño es tan perfecto como el del pez babel y son otra prueba mas de la no existencia de dios, son el plátano y la mandarina. Vienen con un pack hermético que las protege de agresiones externas, y son de fácil apertura sin tener que recurrir al cuchillo. En el caso del plátano, se puede comer sin pringarse las manos (un defecto genérico en el 99% del reino frutal); y en el de la mandarina, viene en cómodas porciones individuales, ideales para compartir.
Perfectos.